FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


INTRODUCCIÓN.

EN DEFENSA DE TODO LO DEMÁS

La única excusa posible para este libro es que es la respuesta a un desafío. Hasta un mal tirador se dignifica cuando acepta un duelo.Cuando publiqué hace algún tiempo una serie de artículos precipitados pero sinceros, bajo el nombre de "Herejes", varios críticos para cuyo intelecto tengo un sincero  respeto (debo mencionar especialmente a Mr. G. S. Street ) , dijeron que estaba muy bien que yo le pidiese a todo el mundo que afirmase su teoría cósmica, pero que yo había evitado cuidadosamente apoyar mis preceptos con el ejemplo. "Comenzaré a preocuparme acerca de mi filosofía", dijo Mr. Street, "cuando Mr. Chesterton nos haya dado la suya". Fue quizás una incauta sugerencia para ser hecha a una persona que está siempre lista para escribir libros a la menor provocación. Pero después de todo, si bien Mr. Street ha inspirado y creado este libro, no está obligado a leerlo. Si lo hace, encontrará que en estas páginas he intentado, de un modo vago y personal, en un juego de cuadros mentales más que en una serie de deducciones, afirmar la filosofía en la que he llegado a creer. No la llamaré "mi filosofía", porque yo no la hice. Dios y la humanidad la hicieron, y ella me hizo a mí.

Muchas veces he tenido la veleidad de escribir una novela acerca de un navegante inglés que calculó su trayectoria en forma ligeramente errónea, y descubrió Inglaterra bajo la impresión de que se trataba de una nueva isla de los mares del Sur. Pero resulta, sin embargo, que siempre me encuentro demasiado ocupado o demasiado perezoso para escribir esa espléndida obra, de modo que puedo finalmente entregarla aquí a los fines de la ilustración filosófica. Probablemente habrá una impresión generalizada de que el hombre que desembarcó (armado hasta los dientes y hablando por señas) para plantar la bandera inglesa en aquel templo bárbaro que resultó ser el Pabellón de Brighton, se sintió bastante tonto. No intento negar aquí que efectivamente parecía un tonto. Pero si Ud. imagina que se sentía como un tonto, o en todo caso, que el sentimiento de ser un tonto era su única emoción, o la dominante, entonces Ud. no ha estudiado con suficiente delicadeza la rica y romántica naturaleza del héroe de esta historia. Su error era en realidad un muy envidiable error, y él lo sabía, si era el hombre que yo supongo que era.¿Qué podría ser más delicioso que tener en pocos minutos todos los fascinantes terrores de ir al extranjero, combinados con todas las humanas seguridades de volver a casa? ¿Qué podría ser mejor que tener toda la diversión de descubrir Sudáfrica sin la desagradable necesidad de desembarcar allí? ¿Qué podría ser más glorioso que empujarse a sí mismo hasta descubrir Nueva Gales del Sur, para finalmente encontrar, con un chorro de lágrimas de alegría, que en realidad se trataba de la vieja Gales del Sur? Por lo menos, éste me parece ser el principal problema para los filósofos, y en cierto modo, es el principal problema de este libro. ¿Cómo podemos conseguir el estar a la vez asombrados del mundo, y sin embargo en casa dentro de él? ¿Cómo puede esta extraña ciudad cósmica, con sus ciudadanos de varias piernas, con sus monstruosas y antiguas luminarias, cómo puede este mundo darnos a la vez la fascinación de una ciudad extraña y el confort y el honor de ser nuestra propia ciudad?

Mostrar que una fe o una filosofía es verdadera desde cualquier punto de vista sería una empresa demasiado grande aún para un libro mucho más grande que éste; es necesario seguir una sola línea de argumentación, y ésta es la línea que me propongo seguir. Quiero presentar mi fe como una que responde en forma particular a esta doble necesidad espiritual, la necesidad de esa mezcla de lo familiar y lo desconocido que la Cristiandad ha denominado correctamente "romance".Y es que la misma palabra "romance" tiene en sí el misterio y el antiguo significado de Roma. Cualquiera que se pone a disputar acerca de algo debe siempre comenzar diciendo sobre qué es que no va a disputar. Antes de declarar lo que intenta probar, debe siempre declarar lo que no intenta probar. Lo que no intento probar aquí, lo que me propongo tomar como terreno común entre mi persona y cualquier lector medio, es la deseabilidad de una vida activa e imaginativa, pintoresca y llena de una poética curiosidad, una vida tal como el hombre occidental, en todo caso, parece haber deseado siempre. Si alguien dice que la extinción es mejor que la existencia, o que la existencia vacía es mejor que la variedad y la aventura, entonces no es una de esas personas comunes con quienes estoy hablando aquí. Si alguien prefiere la nada, nada le puedo dar. Pero casi todas las personas que he tratado en esta sociedad occidental en la que vivo estarían de acuerdo con la proposición de que necesitamos esta vida de romance práctico; la combinación de algo que es extraño con algo que es seguro. Necesitamos ver el mundo de tal manera que combine la idea de maravilla y la idea de bienvenida. Necesitamos ser felices en esta tierra de maravillas sin sentirnos meramente confortables. Es este logro de mi credo lo que principalmente trataré de exponer en estas páginas.

Pero tengo además una razón particular para mencionar al hombre del yate, el que descubrió Inglaterra. Porque yo soy ese hombre del yate. Yo descubrí Inglaterra. No veo de qué modo este libro podría evitar ser egocéntrico, y no veo completamente (a decir verdad), cómo podría evitar ser aburrido. Pero el aburrimiento me librará, sin embargo, de la acusación que más lamento; la de ser frívolo. Resulta que la mera y ligera sofistería es lo que yo desprecio más que a nada, y es quizá un hecho saludable el que sea aquello de lo que soy generalmente acusado. No conozco nada más despreciable que la mera paradoja, la mera defensa ingeniosa de lo indefendible. Si fuera verdad, como se ha dicho, que Mr. Bernard Shaw vive de paradojas, entonces debería ser un vulgar millonario, porque un hombre con su actividad mental podría inventar un sofisma cada seis minutos. Es tan fácil como mentir, porque es mentir. Por supuesto, la verdad es que Mr. Shaw se encuentra cruelmente estorbado por el hecho de que no puede decir ninguna mentira a menos que piense que es verdad. Yo mismo me encuentro bajo la misma intolerable esclavitud. Nunca en mi vida dije nada simplemente porque lo considerase gracioso, si bien, por supuesto, he tenido la ordinaria vanagloria humana, y puedo haber pensado que algo era gracioso porque yo lo había dicho. Una cosa es describir una entrevista con una gorgona o un grifo, una creatura que no existe. Otra cosa es descubrir que el rinoceronte existe, y entonces deleitarse en el hecho de que parece que no existiese. Uno busca la verdad, pero puede ser que instintivamente uno busque las más extraordinarias verdades. Y ofrezco este libro con los más tiernos sentimientos hacia todas las alegres personas que odian lo que he escrito, y lo consideran (muy justamente, por todo lo que sé), como una pobre payasada, o una única y pesada broma.

Porque si este libro es una broma, es una broma a costa mía.Yo soy ese hombre que con máxima audacia descubrió lo que ya había sido descubierto antes. Si hay un elemento de farsa en lo que sigue, la farsa es a mis expensas, porque este libro explica cómo me imaginé que era el primero en poner el pie en Brighton, y luego descubrí que era el último. Aquí se cuentan mis elefantinas aventuras en persecución de lo obvio. Nadie puede considerar mi caso más absurdo de lo que yo mismo lo considero; ningún lector puede acusarme de que trato de hacerlo tonto: yo soy el tonto de esta historia, y ningún rebelde me lanzará de mi trono. Libremente confieso haber abrigado todas las idiotas ambiciones de fines del siglo diecinueve. Como todos los otros solemnes muchachitos, traté de estar en delantera respecto de mi época. Como ellos, traté de estar unos diez minutos en delantera respecto de la verdad. Y descubrí que estaba atrasado unos mil ochocientos años. Estiré mi voz con una dolorosa y juvenil exageración para enunciar mis verdades. Y fui castigado de la forma más adecuada y más divertida, porque he conservado mis verdades, pero he descubierto, no que no eran verdades, sino simplemente que no eran mías. Cuando creí estar de pie solo, en realidad estaba en la ridícula posición de ser respaldado por toda la Cristiandad. Puede ser, el Cielo me perdone, que haya tratado de ser original, pero sólo logré inventar por mi propia cuenta una copia inferior de las tradiciones existentes sobre la religión civilizada. El hombre del yate creyó que él era el primero en descubrir Inglaterra, yo pensé que era el primero en descubrir Europa. Traté de fundar una herejía de mi propiedad, y cuando le dí los últimos toques, descubrí que era la ortodoxia.

Es posible que alguien se entretenga con el relato de este feliz fiasco. Puede ser divertido para un amigo o enemigo leer cómo gradualmente aprendí, de la verdad de alguna leyenda perdida, o de la falsedad de alguna filosofía dominante, cosas que podría haber aprendido de mi catecismo - si alguna vez lo hubiera aprendido. Puede haber o no algún entretenimiento en leer cómo encontré finalmente en un club anarquista o un templo babilónico lo que podría haber encontrado en la más cercana iglesia parroquial. Si alguien puede entretenerse enterándose de cómo las flores en el campo o las frases en un ómnibus, los accidentes de la política o los dolores de la juventud se juntaron en un cierto orden para producir una cierta convicción de la ortodoxia cristiana, puede posiblemente leer este libro. Pero en todas las cosas hay una razonable división del trabajo. He escrito este libro, y nada en la tierra me inducirá a leerlo.

Agrego una nota puramente pedante, que viene, como debe venir naturalmente una nota, al comienzo del libro. Estos ensayos se dedican solamente a discutir el hecho de que la teología cristiana central (suficientemente resumida en el Credo de los Apóstoles) es la mejor fuente de energía y de probada ética. No se intenta discutir aquí la muy fascinante pero totalmente distinta cuestión de cuál es en el presente la sede de la autoridad para la proclamación de ese credo. Cuando la palabra "ortodoxia" se usa aquí significa el Credo de los Apóstoles, tal como fue entendido por todo el que se llamó cristiano hasta hace muy poco tiempo, y la conducta histórica general de los que profesaron tal credo. Por razones de espacio he sido obligado a limitarme a lo que yo he conseguido de este credo; no toco el tema, muy disputado entre los cristianos modernos, de dónde podemos conseguirlo. Éste no es un tratado eclesiástico, sino una especie de desprolija autobiografía. Pero si alguien quiere saber mis opiniones acerca de la naturaleza de esa autoridad, Mr. Street sólo tiene que lanzarme otro desafío, y le escribiré otro libro.

G.K. Chesterton, "Ortodoxia".


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