FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


Un espíritu apocalíptico 

en el catolicismo uruguayo:

vida y obra de Horacio Terra Arocena

 

Horacio Bojorge S.J.

[Conferencia pronunciada en el Club Católico de Montevideo el 26 de Mayo de 1994, conmemorando el Centenario de su nacimiento]

 

Exordio

Queridos Amigos y Hermanos en la Fe:

Hablar en este hogar del pensamiento de los católicos uruguayos que es el Club Católico de Montevideo, es para mí, siempre, una experiencia espiritual, sobrecogedora y consoladora.

Sobrecogedora, por ocupar, no sin alguna confusión, una cátedra que ocuparon tantos católicos ilustres y beneméritos. Medir esa distancia, de la que soy muy consciente, me cohibiría, si no me confortara y consolara otro pensamiento, o otro sentimiento: el de la acogida de esta comunión católica de los vivos y difuntos, que me hace sentirme perteneciente a este único nosotros con hombres como Francisco Bauzá, Juan Zorrilla de San Martín, José Luis (Dimas) Antuña y tantos otros. Ellos fueron grandes a lo cristiano, no a lo mundano. No grandes en el culto de la propia excelencia, sino que se agigantaron en servicio de Cristo y de la Iglesia. Grandes en el amor a los pequeños.

Mi pertenencia gratuita a ese nosotros de la gran familia eclesial, se me hace particularmente concreta y perceptible en este ambiente del Club Católico, casa solariega de nuestro catolicismo uruguayo.

 

Recordación de Horacio Terra Arocena

 

Nos reúne hoy la recordación de Don Horacio Terra Arocena en el centenario de su nacimiento, un 6 de mayo de 1984, día que era el tercer aniversario del nacimiento para el cielo del Venerable Monseñor Jacinto Vera.

Quizás muchos de los aquí presentes lo hayan conocido más a fondo y lo hayan tratado más prolongada y asiduamente que yo; y tendrían, por eso mismo, muchas más cosas que contar y recordar, para hacer justicia a su memoria y para reconocer el don de Dios que fue para nuestra comunión eclesial uruguaya.

No es difícil que así sea, porque yo lo vi y conversé con él una sola vez en mi vida. Y a la recordación de esa visita, de sus motivos y de sus circunstancias, se ceñirá mi recordación de hoy.

Sería, en efecto, atrevimiento y temeridad de mi parte, pretender hacer plena justicia a la figura multifacética de este Arquitecto que fue, además, docente, periodista, diputado, senador, estadista, escritor.

Me limito a resumir aquí su curriculum vitae.

 

Semblanza biográfica

Horacio Terra Arocena nació en Montevideo el 6 de mayo de 1985 [fueron sus padres Dn Arturo Terra Y Da Zelmira Arocena Artagaveytia, hija del tucumano Ramón Arocena Castro y de la matrona Da. Matilde Artagaveytia de Arocena ]. Se recibió de arquitecto en 1918 y ejerció su profesión hasta 1966. De su matrimonio con Da. Margarita Gallinal tuvo siete hijos y numerosos nietos.

[ Fueron sus hijos 1) Horacio, ingeniero agrónomo, activo en política dentro de la corriente wilsonista del partido blanco,fue embajador uruguayo en Paris;2) Juan Pablo, arquitecto a quien se deben obras como el convento de las Salesas de Progreso; de intensa actividad política como presidente de la Democracia Cristiana desgajada de la Unión Cívica y fundador del Frente Amplio; investigador social y político como miembro del CLAEH, Centro Latinoamericano de Economía Humana, 3) Margarita, viuda de Tornkwist; 4)Mercedes, viuda de Greminger; 5)José Hipólito, recientemente fallecido;6) Miguel Angel, fallecido jóven, estudiante de abogacía;7) Francisco, ingeniero agrónomo, trabaja en el campo].

  1) Su actividad docente la ejerció durante 24 años, desde 1918 hasta 1942, como profesor de la cátedra de Estática Gráfica en la Facultad de Arquitectura. Fue miembro del Consejo de la Facultad durante tres períodos. Participó en el intercambio de profesores con la Universidad del Litoral (Rosario, República Argentina) en 1941. Enseñó también, aunque durante menos tiempo, en Enseñanza Secundaria. Fue allí profesor de Filosofía en los cursos del Segundo Ciclo de Secundaria, conocidos como Preparatorios (a la Universidad) de 1939 a 1942, y de Cultura Moral en el primer ciclo de Secundaria en 1937 y 1938.

 

2) Su actividad como hombre público puede resumirse en cuatro facetas: a) el periodista, como co-director del diario católico El Bien Público en el quinquenio 1932-1937 y como director de la revista Tribuna Católica durante dos períodos;

b) el político, como militante en la Unión Cívica;

c) el estadista, como diputado por su partido desde 1942 a 1955 y como Senador en 1958; son veinte años de servicios parlamentarios;

d) el técnico, al servicio del bien común, como presidente del Instituto Nacional de Viviendas Económicas (INVE) en el quinquenio 1967-1972.

 

3) Su actividad de escritor: Publicó varios folletos conteniendo conferencias o ensayos sobre Estética, sobre Libertad de Enseñanza y de Informes Parlamentarios. También publicó artículos y trabajos en diversas revistas y periódicos.

Son de destacar como trabajos mayores: su libro Integración en el Tiempo [Barreiro y Ramos, Montevideo 1968,288 págs.] que fue premiado en la categoría Ensayos Estéticos y Literarios y contiene páginas de pensamiento filosófico, reflexiones de estética, páginas universitarias, posiciones de militancia y memorias de los que partieron.

Publicó luego El Planeta Arreit [Barreiro y Ramos, Montevideo, 275 págs.], una utopía o novela de ciencia ficción. Con ocasión de este libro trabé conocimiento con él.

Dejó inédita una obra de teología titulada Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos. A estas dos últimas obras volveré a referirme más adelante.

 

4) Reconocimientos: El reconocimiento nacional e internacional como profesional y como hombre público y de Iglesia se reflejó en las siguientes distinciones y reconocimientos: fue Presidente del Congreso Internacional de Pax Romana celebrado en Montevideo en 1962; Caballero de la Orden de San Gregorio Magno; Miembro Académico de la Facultad de Arquitectura de Valparaíso, Chile; Socio Honorario de la Sociedad Central de Arquitectos de Buenos Aires.

 

Es obvio que, si quisiéramos rendir justo homenaje a esta personalidad multifacética, tendrían que evaluarla y ponderarla quienes lo conocieron como profesional, periodista, docente, estadista, técnico...

 

Lo mío será, por eso, mucho más modestamente, una recordación, una evocación. De ningún modo podré rendir el merecido honor a su memoria. Para eso debería estar aquí alguien con más títulos que yo. Pero no considero que sea poco lo que recibí de sus escritos y, a pesar de un trato personal exiguo y fugaz con este fiel prominente de nuestra Iglesia, directamente de él. Y es de eso, que para mí es mucho, de lo que quisiera poner algo en común con ustedes para evocar en familia su memoria.

 

Mi encuentro con Dn. Horacio Terra Arocena

 

Voy a recordar mi encuentro con Dn. Horacio Terra Arocena y en ese marco del recuerdo me referiré a tres escritos suyos: 1) su libro El Planeta Arreit, que motivó nuestro encuentro y un breve intercambio epistolar; 2) su inédita Carta a mis amigos católicos militantes, y por fin 3) su también inédito Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos.

 

De alguna manera, estos tres escritos sintetizan su cosmovisión o, como él prefiere decir: mundivisión. Su libro El Planeta Arreit habla de la Tierra y de la Ciudad de los Hombres; la Carta a mis amigos católicos militantes da una interpretación histórico-profética de la Iglesia postconciliar en el Mundo; el Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos habla del Cielo, de Dios y de sus Angeles, reflejo creado de Dios-Trinidad en sus procesiones tanto internas como creacionales.

El Planeta Arreit es una utopía; la Carta a los amigos es una profecía, una visión teológica de la historia; el Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos es una theoria, o contemplación del misterio de Dios y de su creación invisible y visible, revelado a los hombres. Es por la conjunción de estos tres rasgos que definimos el espíritu apocalíptico de los autores bíblicos y por lo que afirmamos, seguramente para desconcierto de muchos, que nuestro Horacio Terra Arocena, es un espíritu apocalíptico dentro del catolicismo uruguayo.

 

Integración en el Tiempo

La búsqueda de la Unidad

Un aliento común anima a estas tres obras: la aspiración de conocerlo y abrazarlo todo en la unidad, sin sacrificar la diversidad. Es lo que dice el título de su primer libro Integración en el tiempo, al que no nos podemos referir aquí sino circunstancialmente, pero donde están expresados los núcleos fermentales de Horacio Terra Arocena como pensador católico. "Integración en el tiempo" dice, en efecto, el deseo de unir e integrarlo todo: Mundo, Iglesia y Dios. Pero por tener que darse "en el tiempo", que todo lo disgrega, esa integración debe lograrse con una argamasa de eternidad. Véase el pasaje de Integración en el tiempo titulado Ser y Unidad, de donde quiero extraer algunos pensamientos que son claves para entender a nuestro pensador:

"Lo que es en la dispersión y en la incoherencia, es incognoscible. Así como el yo es uno y coherente, es decir integrado con todo su contenido y su posesión y con todos los pasos sucesivos de su desarrollo en el tiempo, así es capaz él de reconocer la unidad de todo aquello que coordina en el ser, la multiplicidad, sin dispersión ni ruptura [....] Para un conocimiento infinito y perfecto, todo aparecería en el esplendor del Ser. Todo cuanto es, aparecería en una sola unidad asimilable, pero a la vez inmensamente rica y variada. Aparecería en la claridad de lo bello. como por la capacidad de una sola visión [....] No chocan entre sí las clásicas definiciones de lo bello: "Esplendor de la unidad", "esplendor de la forma", "esplendor del ser", "esplendor de la verdad". Todas descubren el mismo secreto: lo que es, es bello objetivamente en la medida en que es, y para quien es capaz de ver en cada cosa la unidad armónica de todo cuanto es [cursivas nuestras], en cada una contempla el esplendor del Ser infinito. El Verbo mismo de Dios es el esplendor de su Ser: es su propia infinita Sabiduría [....] Está en la esencia del hombre tender a desenvolverse en el conocimiento de lo que es, y amarlo en la verdad [¡Splendor Veritatis, dirá años después Juan Pablo II en su Encíclica!]. Gozarlo también en la contemplación: con un gozo vital, dinámico y comunicativo que es vínculo social con los demás hombres. Pero la verdad y la forma esplenden aquí y allá trabajosamente en la condición del tiempo [....] no todo aparece bello a nuestros ojos, mezclados como están en la limitación del tiempo, el ser y la carencia. Pero de pronto surge la claridad deslumbradora de lo múltiple en el seno de lo uno [....] nos debatimos sobre este mundo en la multiplicidad y en la contradicción. Nuestro desarrollo está envuelto en la lucha por la unidad, por la asimilación del ser en el conocimiento [....] vislumbramos la Belleza infinita en la que puede contemplarse en la Unidad no sólo esta diversidad, enigmática todavía, del mundo Creado; sino la riqueza sin límites del Ser increado, uno y trino. Y en El todas las cosas" [ I.T. 13-14].

 

Me he permitido esta algo extensa selección de citas, porque nos da un retrato intelectual y espiritual de nuestro pensador. Y porque es como el preludio intelectual de los tres escritos a los que voy a referirme.

Los escritos que voy a presentar, en efecto, se comprenden mejor teniendo en cuenta que en las obras de esta arquitecto, respira ese impulso, esa aspiración, tan católica y tan arquitectónica, de abrazarlo todo en la unidad, sin sacrificar la diversidad; y esa percepción estética de la Verdad del Ser, contemplada en su Unidad.

Es la misma intuición que dirige la Estética-Teológica y la Teodramática de Hans Urs von Balthasar. ¿Casualidad? Descartado el influjo, que no fue posible, pienso que simplemente se trata de un mismo aire de familia. Jugos que suben de las mismas raíces de la tradición católica, insinuaciones del Espíritu a los fieles de un mismo siglo.

A modo de hipótesis que me gustaría compulsase algún historiador, me pregunto si Horacio Terra Arocena no fue discípulo de Juan Zorrilla de San Martín, que, como es sabido, enseñó largos años Estética en la Universidad.

El afán de integración que gobierna la obra del Arquitecto, no es afán de integrismo, precisamente porque salvaguarda la totalidad y la diversidad a la vez. El integrismo consiste en cultivar la integridad de una parte, de un partido, perdiendo de vista el todo y a costa del bien común. La integridad es la aspiración católica [En el griego katholikós viene de kata holos= según la totalidad]. Y la hermosa totalidad se decía: kosmos. El de Terra es, en ese sentido, un espíritu arquitectónicamente católico, cosméticamente filosófico y teológico, como lo son el de San Agustín, el del Dante, el de Santo Tomas de Aquino y, a su manera, los de Santo Tomás Moro y G.K. Chesterton, de todos los cuales, Horacio Terra Arocena parece haber recibido el influjo. En los grandes y en los pequeños, desde Jesús hasta nosotros, el mismo aire de familia espiritual.

Por eso me aventuro a suponer que, si Horacio Terra Arocena no hubiera integrado en su vida la acción cívica con su servicio político y profesional, y si se hubiese dedicado exclusivamente a escribir y enseñar, habría podido dejar realizada una Summa Arquitectónica del saber, una Estética filosófico-teológica, que dejó sólo esbozada en aras, precisamente, de una mayor integración vital del pensamiento con la acción. El suyo fue un espíritu que aspiró a la unidad y la realizó realizándose a sí mismo en una hermosa historia de santidad personal.

Los tres escritos a que voy a referirme, bien podrían considerarse como fragmentos de esa Summa nunca escrita. Y por eso, para apreciarlos justamente, convenía anteponer esta algo extensa introducción contextualizadora.

 

 

El Planeta Arreit: una Utopía

 

Mi encuentro con el Planeta Arreit fue casual. Lo vi en una vidriera de una sucursal de la Librería Barreiro, en el Paso Molino. Lo compré y empecé a leerlo. La obra me llamó poderosamente la atención. Al tiempo, la vi anunciada en el suplemento del diario El Día [Era un diario anticatólico, perteneciente a la corriente Batllista del Partido Colorado], como novedad, por una nota brevísima. Por lo demás, silencio. Me dolió que se espesara alrededor de una obra y de un autor que merecían atención, el mismo silencio de la ignorancia, culpable o fingida que caía sobre todo lo que no se alineaba en la consignática político-religiosa o religioso-política del momento. En medio del ninguneo general que aún no me había alcanzado del todo a mí, me decidí a hablar. Tras golpear varias puertas en vano, logré que se publicara mi reseña en el órgano de la Iglesia uruguaya Vida Pastoral [Noviembre- Diciembre de 1977,N 65. Contiene algunos errores de imprenta que yo corrijo a continuación], gracias a la acogida que generosamente le daba en ella a mis escritos su director el Pbro. Dr. Gregorio Ribero Ithurralde.

Inserto aquí esa reseña, aparecida con el título: Astronauta Uruguayo, porque sigo encontrándola una buena presentación de la obra.

 

Nos llegó la Utopía

"Este libro - nos dice su autor - no es una novela ni un ensayo" ¿Qué es?. Es Utopía, envuelta en un ropaje de ciencia-ficción. Género exótico para el público lector uruguayo. Este libro del compatriota, urbanista y arquitecto, llegado a la libertad de la madurez, cautiva y hace pensar. Toma distancia de la Tierra para verla mejor. Se traslada a otro mundo para darnos la perspectiva del nuestro; busca "un cambio radical de perspectiva para contemplar el mundo".

Por primera vez - que sepamos - en los anales de la literatura uruguaya nos visita este género. Y lo hace en una obra de profundo aliento humano, que integra nuestro ser nacional y nuestra coyuntura temporal en una arquitectura universalista.

"Debo comunicar a Uds. que existe otro planeta [= Arreit] en un recorrido orbital que se confunde con el de la Tierra; pero situado al lado opuesto, con respecto al Sol. Invisible desde nuestra posición terrena, e inalcanzable por las trasmisiones, a causa del Sol mismo"

Tres astronautas vuelven a la tierra con esta noticia, tras haber convivido con los habitantes humanos del planeta Arreit. De sus informes se desprende una comparación de aquella sociedad planetaria - en la cual han experimentado hace quinientos años las situaciones que hoy se están dando en el gemelo planeta Tierra - con nuestra sociedad terrena tal como hoy es.

 

Moro, Chesterton y Yo

 

Esta es la ingeniosa trama argumental de esta utopía uruguaya. La dedicatoria del libro a Tomás Moro, el mártir (1478-1535) y autor de Utopía; y una referencia en el prólogo a Gilbert K. Chesterton, el humorista católico inglés (1874-1936) y en particular a su obra El Hombre que fue Jueves, ubican espiritualmente la actitud de Terra Arocena en relación con las coordenadas de la seriedad del testigo, por un lado, y la cordura del humorista por el otro. Los que miramos el teatro del mundo solemos inclinarnos al extremo de sobredramatizar o al de banalizar las situaciones. No es sabiduría frecuente la de sortear las simplificaciones que se crispan en el todo o nada, en la presunción o la desesperación, en la temeridad o la cobardía, en la agitación o la inercia, en el dogmatismo o el nihilismo. Hacerlo y conservar el buen humor, como Tomás Moro bromeando caritativamente con el verdugo para aliviarle el trance amargo, es ya la elegancia del sabio, que por sabiduría elige el martirio.

 

Proyectista de un mundo

 

Terra Arocena, nacido en 1894, tiene seis años más que nuestro siglo. No teme llamarse viejo y reconocer que, retirado de las luchas de la vida pública, ya no actúa sobre la superficie de la tierra, donde otras generaciones han tomado la posta de la acción y se agitan en la trepidación pasional de los caminos, salvando obstáculos y reconociendo encrucijadas [Su hijo Pablo había incursionado por caminos bien diferentes al separarse de la Unión Cívica y entrar en una Alianza electoral con el Partido Comunista y el resto de la izquierda uruguaya, formando el Frente Amplio. Opción que, naturalmente, su padre no podía compartir]. Pero desde su edad, como desde una órbita espacial privilegiada en la que disfruta de ingravidez y de silencio, se siente libre. Su edad le ofrece la oportunidad de desarrollar una reflexión personalísima, liberada de coacciones vecinales y de normas gregarias, de opciones partidarias y de prejuicios fanáticos. Desde su perspectiva cósmica, los obstáculos geográficos del mapamundi social, obstáculos que parecen insuperables y divisorios al que pisa la tierra de la acción inmediata, pierden entidad de barreras insalvables. Su órbita, afectuosamente aceptada y asumida, abre las de sus ojos interiores para la imaginación. Imaginación literaria en primer lugar, pero también imaginación creadora para todas las dimensiones de la vida humana, individual y colectiva. El Arquitecto crece, por este ejercicio de imaginación, a la dimensión de Proyectista, no ya de una casa, sino de una ciudad y de un mundo entero. Es la ciudad humana en su integridad: desde el diseño urbano hasta la raíz funcional - hundida en el alma del hombre como ser que habita [Antoine de Aint-Exupéry, Citadelle]- la que debe gobernar su plasmación geométrica. Desde su órbita, el proyectista Terra Arocena, acomete alegremente [Hoy hubiera dicho lúdicamente] la tarea de soñar y dibujar la Humanidad futura, tal como podría ser, libre de las ataduras de sus errores. Con minucia amorosa, sueña una casa para la Humanidad y puebla su edificio con una familia humana. No escapa a su atención ni el ornamento vegetal, ni el animal doméstico. Robinson de un naufragio de guerras atómicas, la Humanidad del planeta Arreit le da ocasión a Terra Arocena para ofrecernos - como un nuevo De Foe y superando al maestro de nuestra imaginación infantil - el deleite de un gigantesco inventario. La alimentación, el mobiliario, la división del día y del calendario - donde Terra Arocena se detiene con el deleite del Hombre que calculaba -; los efectos que se siguen en Arreit de la carencia de un satélite como la luna, forman la trama amena, llena de sorpresas, de este viaje orbital.

 

Cuando la Tierra va, Arreit está de vuelta...

 

Este sería un subtítulo apropiado que Terra Arocena bien podría haber dado a su libro. El mundo soñado por el autor está poblado por hombres que han vivido los mismos problemas en los que hoy vive y se debate el hombre sobre la Tierra. Los tres astronautas terrenos: un inglés, un francés y un alemán de origen y educación pero uruguayo de nacimiento, confrontan sus experiencias en vivaces diálogos con sus huéspedes arreitianos. En Arreit se recuerdan como victorias históricas: la superación de los nacionalismos (pues vive en un estado de dimensión planetaria, que respeta sin embargo las autonomías locales); la superación de problemas como el control de la población; la emancipación de la mujer; la distribución de los bienes y servicios; los abusos del poder económico... Otros temas que no escapan a la perspicacia del autor, lo muestran estadista experto, pensador profundo y ameno, un verdadero filósofo de la cultura, capaz de disertar sin divagaciones sobre educación, deportes, arte, astronomía y derecho.

 

Más Profecías que Memorias

 

A la edad del autor, los grandes hombres interpelan al mundo dedicándose a escribir sus Memorias. Sus despedidas son legados en los que se combina el pasado con la autobiografía y el autorretrato, y que pueden ubicarse a media distancia entre el epitafio y el monumento póstumo. Las Memorias miran hacia atrás y hacia lo que vivieron. Nada semejante en el libro de Terra Arocena. Todo lo que nos dice de sí mismo se agota en las solapas y en el prólogo: breve notas biográficas que nos recuerdan las - también breves -biografías de los profetas bíblicos. Y, si en algo traslucen sus recuerdos, es sólo - traspolados - en una mirada profética, estructuradora del futuro, en la que se mantiene vivo y se agiganta un fuego de interés por el mundo y todo lo humano, en que el autor logra decirse con la superior nobleza de los que no aspiran a decirse a sí mismos.

Sello de superior genialidad que obtiene - por añadidura - también aquellas cosas que no busca, esta obra refleja un desapego altruista no fingido, una cualidad literaria lograda sin buscarla, y una espontaneidad de niño que juega, en el desborde lúdico de quien, sin asustarse, se reconoce viejo y aprovecha las ventajas de serlo.

 

La patria espiritual de los profetas

 

Terra Arocena nombra a Moro y a Chesterton. Son sólo dos nombres de una tradición espiritual que hunde sus raíces muy hondo en la cultura. En el fondo, muy en el fondo, Arreit se alimenta de jugos juaninos y agustinianos. Sin saltos al pasado, sin copiar modelos, reproduce los rasgos y despide el aroma de viejos arquetipos: la Jerusalén celestial y la Ciudad de Dios. Sabores de sueños de consuelo para épocas que tenían en la boca el sabor salado de las lágrimas. Las grandes utopías cristianas fueron concebidas así: del connubio entre las catástrofes históricas y la esperanza del creyente. La Jerusalén celestial del Apocalipsis la sueña un Juan prisionero en Patmos, víctima él también de la convulsión anticristiana del Imperio, desatada tras el infausto incendio de Roma. La Ciudad de Dios, la escribe el Agustín de Hipona como reacción a la irrupción y saqueo de Roma, cuando la ola de barbarie amenazaba con barrer los restos del Imperio romano y de su civilización. En aquellas angustiosas calamidades públicas, un coro de voces se alzaba para recriminar a los cristianos y hacerlos responsables de los males del Imperio. Calumniosa manía, también arquetípica, y destinada a rebrotar mil veces a lo largo de la historia. Acusación absurda y sin embargo cautivante, no desprovista de seducción hipnótica hasta para los mismos incriminados. Las utopías fueron la respuesta del pensamiento cristiano a las falaces acusaciones históricas, a la vez que consuelo y robustecimiento de los creyentes claudicantes, acobardados por la hostilidad externa y por la incertidumbre interior.

Calamidad histórica y esperanza cristiana; emplazamiento y autodefensa; he ahí el marco en que el género de la utopía, como subgénero de la apocalíptica, encuentra medio propicio para germinar y florecer. Ese género desdramatizador de catástrofes, que mantiene la fe en un futuro entre gentes que sólo ven llegar el fin, nos disuade de ritualizar el exorcismo de los males matando chivos emisarios, sino abriendo los ojos para entrever el remedio. Con ese género está emparentado - nos parece - este libro "didáctico" del sabio compatriota.

 

La serenidad tiene futuro

 

Hay obras que se popularizan por la exasperación de un rasgo, por algún nuevo grito, más raro o más estridente, por la caricatura o la sobreacentuación de situaciones. La fabricación de los best-seller sabe bien qué dosificación de ingredientes: dinero, sexo, violencia, éxito fácil, etc. se necesita para lograr una obra "salidora". La política comercial de las editoriales se beneficia con el éxito de fuego de artificio, rápido y deslumbrante, aún a costa de la fugacidad.

Pero aún si es difícil predecir el destino de este libro - "habent sua fata libelli" - compartimos la previsión que el autor aventura en su prólogo: es posible que este libro no sea de los de éxito inmediato, pero aunque ahora no haya muchos oídos capaces de escucharlo, mantendrá su interés para un futuro. Un futuro - en nuestra opinión - ya cercano.

Hasta aquí el texto de mi reseña en Vida Pastoral.

 

 

La respuesta de Horacio Terra Arocena

 

Esta reseña dio motivo a un breve intercambio de cartas y al poco tiempo a la visita, antes referida, del autor a nuestra casa del Prado. Al poco tiempo de publicada la reseña, recibí la siguiente carta del autor:

 

Montevideo, Marzo 18 de 1978

R.P. Horacio Bojorge S.J.

Estimado Padre:

Manos amigas me han hecho llegar en estos días, un ejemplar de "Vida Pastoral" (Nov-Dic de 1977).

Con sorpresa y con agradecimiento, leo en él una cuidada nota bibliográfica sobre mi libro "El Planeta Arreit", firmada por Ud.

Sorpresa - digo - porque, efectivamente, escribí para algún desconocido, alejado en el tiempo futuro, como quien deja un testimonio de los anhelos y esperanzas de un viejo de este tiempo; sabiendo bien que, a pesar de su "pacotilla" de novela, tendría la obra pocos interesados en estas horas de profunda crisis [cursivas mías]; en este "tournant de l'Histoire", que dirían los franceses. Y por lo mismo, yo vi a mi planeta deslizarse en el silencio...

Y agradecimiento, por su paciencia en leer entero un libro que yo sé pesado, y que muchos lectores abandonaron en las primeras etapas. Pero sobre todo, por la generosidad de dedicarle un comentario con su firma: un comentario en el que incluye juicios de una generosidad tal que me confunden.

Mil gracias, pues, y cuénteme a sus órdenes como servidor y amigo.

Lo saluda cordialmente [Fdo:] Horacio Terra Arocena

 

Yo, a mi vez, me sentí movido a responder esta amable carta con la siguiente, de fecha 27 de marzo de 1978:

 

Sr. Arqto. Horacio Terra Arocena

Muy amado de mi Señor y mío:

Acuso recibo de su atenta del 18 de este mes. Me llega hoy, lunes de Pascua, y aunque no es carta que pida respuesta pienso que tampoco es de las que la excluye. Por lo menos una breve, para decirle que me ha llegado. Y quizás también para reiterarle aquí las gracias por su libro, que veo como un regalo del Señor para nuestra Iglesia y signo de su predilección por Ud. para haberle elegido como canal de esa gracia. Y como los que Dios distingue han de ser distinguidos por mí... ahí van algunas líneas más.

Deseo ante todo que haya sabido y podido decelar algunas faltas del linotipista, aquí y allá, que me hacen decir lo que no dije.

Creo que su libro es de lo más grande y sustancial que hayan producido últimamente nuestras exangües letras católicas. Sin agraviar a los que pueda haber y yo ignoro. O a los que debe haber sin duda inéditos. Señalarlo, sobre todo viendo que el silencio de otros más cualificados amenazaba ser definitivo, me pareció necesidad de justicia. Envié la nota a La Mañana, unos meses después de que el Suplemento de Huecograbado de El Día (!) señaló la obra. Tras aguardar en vano, la dí al P. Gregorio Ribero, que la publicó inmediatamente. A él las gracias también, por lo tanto.

No sólo lo considero grande y sustancial, sino también - y por eso me extraña el silencio - sumamente testimonial, por no decir comprometido [Eran expresiones muy empleadas en el ambiente eclesial de la década del 70]. En medio de us estilo fantástico es lo más realístico que haya producido El Laicado pronunciándose sobre las Realidades temporales. Pero quizás no sea lástima sino suerte que haya escapado a la atención y a los honores de los que gritan.

En cuanto a que sea pesado de leer, es juicio relativo y puede volverse en honor de la obra según se considere el hombre al que le resulte pesado. Por otra parte, ni las Confesiones, ni la Ciudad de Dios, ni la Utopía, ni siquiera el amenísimo Chesterton se lee sin un cierto esfuerzo. Leer pudo ser fácil, a fuerza de hábito y prebendas que la sociedad de otros tiempos concedía a lectores y lecturas. Hoy no lo es más. Con la mano sobre el corazón me digo que el admirado Don Quijote no me ha entregado sus deleites sin una buena dosis de ascesis.

Quizás haya que revisar la convicción - y ver si no es superchería mítica - de que un buen libro es aquél que todos leen con agrado. Quizás sea más cierto que el buen libro es el que tiene algo bueno que decir, al que se toma el trabajo de escucharlo. Ni más ni menos que el buen maestro, corrijo: Maestro.

El suyo me parece un libro que pueden leer con provecho los inteligentes. Y pienso sobre todo en los no creyentes de nuestra patria. Quizás su libro no le ha sido dado a nuestra Iglesia para convertir multitudes... pero sería bastante que lograra desmontar a un buen Pablo criollo, para hacerse digno de mención en el Libro de la Vida. Como el Ananías de Damasco. En las cosas de Dios, hace más la piedrita lanzada con tino por el pastor David, que toda la impedimenta del ejército de Israel. Y su libro está pulido como guijarro del torrente. Sólo las aguas de una vida cristiana como la suya son capaces de rodar un canto de esos. Queda en las manos y en la honda del Hijo de David, elegir el blanco y hacer puntería donde el Padre quiera.

Pero de eso podremos hablar un día, cuando - por la divina misericordia - nos encontremos juntos en la Patria, contemplando el misterio de los designios providenciales del que nos amó. Sea pues hasta que el Señor nos depare un encuentro, sea aquí, sea Allá. En unión de fe y oraciones [Fdo:] Horacio Bojorge S.J.

 

No pensaba yo, al concluir mi carta aludiendo a un encuentro, que éste fuera a darse tan pronto y en este mundo. Pero así fue. Poco después, y a pesar de sus años y achaques, le significara ostensiblemente esfuerzo y sacrificio aquel desplazamiento hasta nuestra vieja casona de Ejercicios en la calle Caiguá (hoy Carlos Vaz Ferreira), en el barrio Atahualpa, se costeó personalmente a conocerme y visitarme. El tiempo me ha borrado los detalles del contenido de la entrevista, pero no la impresión que me produjo aquel hombre esa única vez que lo vi en mi vida: grande y humilde a la vez, típica estampa de la grandeza humana, de la hermosura humana a la que da lugar la santidad católica.

En esa entrevista, que tuvo lugar en abril del 78, me obsequió un ejemplar dedicado de su libro Integración en el Tiempo.

 

Carta a mis amigos católicos militantes

 

No sé si durante esa misma entrevista o, como me inclino a creer, después, por correo, recibí el segundo escrito a que quería hacer más detallada referencia en esta recordación: la Carta a mis amigos católicos militantes. Se trata de ocho páginas formato oficio, mimeografiadas, encabezadas a mano: "Al R.P. Horacio Bojorge, con carácter informativo de su amigo affmo. Horacio Terra Arocena". Entre paréntesis, luego del título, agregó "(laicos)". Y debajo del título se lee la advertencia, perteneciente al mismo texto original mimeografiado: "Personal para c/u." "No publicable".

Esta carta se presente como "una confidencia vespertina" y como "reflexiones sugeridas por los silencios que rodean mi vejez, mientras la vida de la acción se aleja de mí". La carta, desgraciadamente, no lleva fecha.

 

La Apostasía de Occidente

 

Esta Carta a mis amigos católicos militantes (laicos) es un escrito profético, si entendemos el género profético como la interpretación creyente de la historia. La tesis del escrito se enuncia inmediatamente:

 

"Afirmo como un hecho la Apostasía de la civilización occidental, aun hoy llamada 'civilización cristiana'. Es un proceso de siglos, lento, pero permanentemente corrosivo, que abarca todos los campos. Los teóricos: filosóficos, sociológicos, jurídicos y científicos; y los prácticos: estructuras sociales como la familia y la escuela; y con ellos, el libro, la revista, el espectáculo, las costumbres, las modas... y también las estructuras políticas: el derecho y la fuerza, la ley y la subversión, el respeto a la fama del adversario, a su integridad física o psíquica y a su vida..."

 

La descripción del fenómeno y su delimitación continúa a lo largo de tres páginas y luego se plantea la pregunta acerca de las consecuencias de este hecho. Primero en la Civilización misma y su destino y después en la Iglesia y en la actitud de los cristianos.

Las consecuencias, para una civilización apóstata, de apartarse del evangelio que conoció, se describen en dos páginas que terminan con esta frase que, de alguna manera, las resume:

"...la civilización materialista que mueve a la sensualidad y el orgullo no podrá alcanzar nunca una verdadera socialidad de personas libres. Fracasará: hará una colectividad forzada, apoyada en la ignorancia de los derechos y de los valores humanos. O ella misma sucumbirá en la anarquía y la barbarie".

 

¿Cómo se ubica el cristiano en este marco histórico de la civilización apóstata? "Vivimos para la Iglesia la etapa histórica de las herejías sociales" - dice Terra - a las que responden las grandes encíclicas sociales desde León XIII. La respuesta del Concilio Vaticano II a esta situación ha consistido, según Terra, en acentuar la capacidad de la Iglesia Universal para vivir en medio de los pueblos y culturas, en medio de la heterogeneidad religiosa y aún de la hostilidad, y para actuar sobre las culturas del mundo planetizado, con espíritu de servicio, mediante los principios evangélicos. Ni encerrarse a la defensiva ni instalarse en el conflicto, sino asumir la actitud de servicio comprensivo, arma suprema de la Caridad. Terra termina su carta delineando la actitud militante que enseña el Concilio, señalándonos un camino de independencia y de servicio ante el mundo. Ante la enseñanza del Concilio, empero:

"unos ven un ceder terreno ante el adversario; otros, exagerando más, una invitación a confundirse con sus prácticas y errores. Y éstos y aquéllos están equivocados, dan lugar también a reacciones equivocadas [....] importa mucho, me parece, depurarnos de estos errores y seguir las directivas claras y auténticas del Concilio - no las imaginarias -así como los repetidos esclarecimientos del Pontífice".

 

Lo que el Concilio ha hecho fue: "afirmar la vocación apostólica y la libertad de la Iglesia, cualesquiera sean las condiciones externas que la envuelvan. La libertad en suma, que no ha de aparecer confundida con ninguna bandería temporal [subrayados de Terra] [...] Todo esto implica un crecimiento espiritual colectivo y personal, y un desprendimiento de los fines terrenales, en los militantes".

Es una nueva actitud de los fieles, "caracterizados por la libertad de espíritu respecto de las ataduras de la civilización temporal. Pero, sobre todo, una fidelidad al mensaje Evangélico, sin ninguna suerte de mutilaciones complacientes con la presión del ambiente". Como se ve: "Es siempre una milicia, tanto más enérgica cuanto más difícil".

Y Terra termina su carta refutando como falsa la acusación de "ghetto", acuñada entre otros por el jesuita Juan Luis Segundo, que en sus días se arrojaba indiscriminadamente sobre el pasado del catolicismo uruguayo e injuriaba particularmente a su generación: "Tampoco fue un ghetto, la presencia de la Iglesia en medio de la crisis, desde un siglo a acá, como algunos por ignorancia lo afirman. La vivimos como una gran presencia militante, sin ánimo de ghetto ni de hostilidad humana".

Y así, la profecía histórica se corona con una cierta Apologia pro Vita Sua, defendiendo la verdad de la historia de la cual él había sido actor y gestor.

 

Al terminar esta presentación de la Carta a mis amigos católicos militantes (laicos), me auguro verla pronto publicada. Nada obsta ya para su publicación póstuma. El "No publicable" que la encabeza y que a mi juicio debe interpretarse como un embargo transitorio y que ha cesado con la muerte de su autor, quien, a través de sus amigos, quiso precisamente entregarla y no sustraerla a la historia.

 

 

Prólogo a La Cantata de los Coros Angélicos

 

Quiero por fin referirme a la obra inédita: Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos.

El manuscrito de esta obra, hoy aún inédita, se lo entregó Horacio Terra Arocena al padre jesuita Daniel Gil Zorrilla, hoy obispo de Salto Oriental, en 1977. Este hizo sacar tres copias a máquina y nos entregó una la P. Eduardo Rodríguez, que iba a fallecer en forma trágica poco después; otra al Pbro. Dr. Miguel Angel Barriola que hoy vive en Córdoba y otra a mí: "Con la esperanza - decía - de que logren hacerse tiempo como para hojearla". El Padre Gil había comprobado que las copias que había mandado hacer "están plagadas de errores de transcripción" y nos decía al entregarnos las copias: "tuve la idea de corregir las copias, confrontándolas con el original; pero me resultó imposible, y por eso he perdido tanto tiempo. Mejor reparto las copias tal cual están, si alguno quiere confrontar el original, está a su disposición, lo tengo en mi cuarto". La pregunta que el P. Gil nos hacía al final de su carta era ésta: "¿podría intentar publicar esta obra teológica de un laico reconocidamente fiel de nuestra Iglesia? Espero conversar más adelante con cada uno. Por ahora, dejando el tomo copiado de 240 páginas a máquina, veremos qué pasa con cada uno de los posibles lectores. ¡Hasta pronto!".

Lo que pasó fue que, siete años después, en noviembre de 1985, y siendo ya Monseñor Gil obispo de Tacuarembó, me encargué yo de colacionar una de las copias a máquina confrontándolas cuidadosamente con el original manuscrito y corrigiéndola como para la imprenta. Me quedaron por ubicar sólo algunas citas bíblicas y patrísticas de difícil identificación.

En 1992, pasados otros siete años, siendo ya Monseñor Gil obispo de Salto, saqué fotocopia de la copia a máquina corregida por mi, temiendo que pudiera perderse junto con el manuscrito y apostando a multiplicar las copias. Siempre consideré confidencial este asunto, por pura discreción cautelar de simple secretario en todo él, exceptuando algunas personas, familiares de Horacio Terra Arocena, como han sido su hija Margarita y su sobrino Aurelio Terra.

¿De qué trata este libro inédito?

Voy a limitarme aquí, ceñido por el tiempo, a reproducir unas notas de lectura que fui escribiendo mientras colacionaba el manuscrito con la copia mecanografiada.

 

Algunas facetas del autor y su obra

 

1º) Hay que subrayar que se trata de un laico, teólogo pero político a la vez y de un hombre entendido en Derechos Humanos. Esta obra apunta a un público que e desentiende de la teología como intrascendente por teórica, señalándole que ella está en el corazón de la realidad. Y señalándoselo con el ejemplo de un teólogo que era a su vez, como se suele decir: un laico comprometido con las realidades temporales.

 

 

 

 

Breve disgresión sobre nuestros teólogos laicos

 

 

No puedo dejar de señalar aquí, de paso, un hecho que observo en la historia del catolicismo uruguayo que me llena de agradecimiento y asombro. El catolicismo uruguayo ha sido bendecido particularmente con grandes teólogos laicos. Me aventuro a opinar que hay entre nosotros casi tantos o más teólogos laicos que clérigos. Porque si bien no hay que negar que tuvimos siempre obispos y sacerdotes teológicamente bien formados y conocedores de la teología católica, ha habido entre nosotros laicos numerosos que pensaron su fe y su situación en el mundo desde la fe -y esa es también teología y si se quiere eximia- con verdadera genialidad histórica y teológica.

En Francisco Bauzá tenemos un eximio historiador y apologista. En Juan Zorrilla de San Martín teólogo de la historia, un profeta que explora el designio divino en el origen de nuestra raza, de nuestra patria, tanto en su origen como en su destino dentro del orden internacional. Sus obras: Tabaré , La Epopeya de Artigas, El Sermón de la Paz, son obras en las que hay una visión de fe pensada con profundidad y clarividencia, y expresada con poesía y una prosa vigorosa y sublime.

En José Luis (Dimas) Antuña, tenemos un mistagogo, enamorado de la liturgia, un teólogo de los símbolos sacros y de los sacramentos, un sabio intérprete del lenguaje de las imágenes sagradas.

Y podríamos seguir con una amplia enumeración de laicos que pensaron su fe y desde su fe: Hugo Antuña, Héctor Barbé, Ester de Cáceres, Vicente Cicalese, Mario Falcao Espalter, Gustavo Gallinal, Juana de Ibarbourou, Luis Lenguas, Miguel A. Rebello, Alberto Zum Felde. Muchos de ellos escribieron y publicaron. Pero, ya sea éditos pero olvidados ya sea inéditos, por lo general, sus trabajos no son objeto de la atención y el recuerdo que merecen. Hay en el catolicismo uruguayo un cierto estado de olvido o de distracción ante las gracias y los dones de Dios, que estos teólogos y pensadores laicos representan para nosotros como herencia intelectual. También en lo espiritual puede instalarse una mentalidad consumista que se comporta ante los bienes de Dios como ante bienes de consumo. La mentalidad del use y tire que se tiene ante los objetos, se extiende a las personas, como si ellas fueran también descartables o sin retorno. Hay ante la riqueza y la fertilidad de los carismas que Dios da a nuestra Iglesia, algunas veces, una actitud de latifundismo espiritual, que no cultiva ni hace rendir más y mejor los bienes recibidos. ¿Qué es sino latifundismo, tener sin publicar obras como ésta que he comenzado a presentarles? Podrán convenir conmigo en que la acedia, la ceguera para el bien, está extendida entre nosotros.

 

2º) El Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos, es una obra de teología que está concebida en forma de un ir y venir contemplativo-reflexivo, por el que se ilumina el Misterio de la Santísima Trinidad, en su vida interior y en su obra exterior, desde la consideración de los nueve coros angélicos y viceversa. El Misterio de los Angeles desde el Misterio de la Creación, de la Humanidad caída y viceversa.

 

3º) Hay detrás una concepción filosófica, que como ya dije antes es una ontología estética, o una estética ontológica. Los Angeles son reflejo de todo lo que es, porque son reflejo creado del Ser divino Trinitario, increado.

 

4º) La obra trasunta la sensibilidad del autor para percibir "La eternidad en el tiempo"; su sensibilidad para la percepción del tiempo como misterio y para la gradualidad de las cosas. En este aspecto de la Cantata se refleja el autor de Integración en el tiempo.

 

5º) Terra Arocena tiene presente en el Hombre las distintas dimensiones, psicológica, social, política, pues la contemplación de Dios y de los Angeles no sólo no le impide sino que sólo ella le posibilita comprender el mundo en profundidad.

 

6º) Expone toda la teología (y no sólo el Misterio de la Trinidad) sino también el de la Creación, la Caída, la Soterología, la Cristología y los Novísimos. Y lo hace a partir de la contemplación de los nueve coros angélicos y sus correspondencias con las tres Personas, sus Procesiones y las Misiones del Hijo y del Espíritu Santo. Los Angeles reflejan tanto la vida interna Trinitaria (Personas, relaciones y procesiones) como también la obra exterior (Misiones, creación y redención). Es como una Summa Theologiae vista en el espejo de las Jerarquías y Coros Angélicos.

 

7º) Pastoralmente: una novena preparatoria para la fiesta de los Santos Angeles, se prestaría para exponer, como Horacio Terra Arocena lo hace, los nueve Coros (3 Jerarquías con tres coros cada una). Esta obra nos demuestra cómo se puede condensar toda la fe católica y hacer un repaso de ella, desde los Coros Angélicos. Y esta obra merecería el subtítulo o la especificación genérica de Catecismo Angélico.

 

8º) La obra está escrita con unción orante y mueve a menudo a oración. También reflexiona y saca conclusiones o ilumina aspectos de la vida cristiana, problemas, actitudes, tentaciones. Subraya fuertemente la necesidad de la fe activa y operante. El tono alcanza a menudo un nivel lírico, fervoroso, se diría pentecostal, aunque con la mesura propia del rito latino.

 

9º) Puede tener este escrito, un efecto evangelizador, entre no creyentes o entre creyentes ignorantes de la belleza, grandiosidad, profundidad y armonía de la doctrina de su fe, con tal de que estén abiertos y bien dispuestos a considerar una exposición de la fe católica que sondea en su sublimidad humana. Aún suponiendo que esta doctrina católica no fuese revelada ¿hay otra de semejante profundidad? De modo que rechazarla ¿no equivaldría a rechazar la más sublime imagen de Dios que pudiera pensarse? Pero no: esta doctrina es revelada porque no sería imaginable.

Pero, rechazar como algunos rechazan, la doctrina acerca de los ángeles y acerca de su existencia, hasta silenciar su mención en el Prefacio, el Sanctus y otros pasajes de la liturgia eucarística ¿no es prescindir, por ignorancia, de un artículo, de una parte del maravilloso organismo de nuestra fe que espeja en sí la armonía del conjunto, como nos convence la obra de Horacio Terra Arocena?

Según la recta doctrina de nuestra fe, Este es el Dios más sublime que el hombre pudiera pensar, y a la vez un Dios que jamás podría haber imaginado hombre alguno si no hubiera existido una revelación de su Misterio, porque este es un Dios impensable. Además, el Hombre que ella nos presenta, es, por el pecado, capaz de rechazar - como efectivamente la experiencia demuestra que lo hace - tanto a ese Dios como a la doctrina acerca de El y de sus Angeles.

Paradójicamente, en numerosos ambientes católicos se prescinde de los Angeles justamente en momentos en que el New Age y otras sectas gnósticas se arrojan ávidamente sobre ellos y siembran la confusión entre los fieles. Pero para almas que vengan del sinsentido y del materialismo, la obra de Horacio Terra Arocena quizás pueda descubrirles un panorama deslumbrante y moverlas hacia la conversión.

A creyentes en proceso de disgregación de su fe por desnaturalización gnóstica, y por lo tanto en camino de apostasía, la obra podría servir, en cambio, me imagino y quiero creerlo, para sacudir la inercia de sus desvíos y para despertarlos de su engaño. O, por el contrario, para convencerlos de que han abandonado la casa de la fe. Al que el Misterio de los Angeles ya no le dice nada, está a un paso de que el de la Trinidad tampoco le resulte significativo, sino que sea, en la práctica primero y luego también en doctrina, prescindible.

 

El espíritu apocalíptico de Horacio Terra Arocena

 

Para terminar esta evocación de mi encuentro con Horacio Terra Arocena y esta presentación de tres de sus escritos, quiero dar una impresión personal que brota de mi corazón de biblista acerca del espíritu de Horacio Terra Arocena como apocalíptico.

He dicho que su Carta a mis amigos católicos militantes (laicos) es un escrito profético en el sentido de interpretación creyente de la historia; que su El Planeta Arreit es una Utopía, y que este género literario es un tipo de literatura de consolación; que su Prólogo para la Cantata de los Coros Angélicos, es una Theoria o contemplación de los misterios celestiales.

Pues bien, estos tres rasgos, son rasgos que caracterizan al género bíblico de los apocalipsis; son rasgos que definen el espíritu apocalíptico (aunque no los únicos). Isaías, Ezequiel, Daniel, Juan, son los grandes espíritus apocalípticos. El espíritu apocalíptico es el de un creyente que aplica su fe a escrutar los males de la historia con impávida clarividencia, y al mismo tiempo escruta los signos de la acción histórica y salvífica de Dios, con impertérrita esperanza. A ellos, además, le son confiadas revelaciones divinas y a veces le son revelados en sueños o en visiones, los misterios celestiales y divinos. Ellos tiene familiaridad con el mundo angélico por el cual son confortados e instruidos.

Quien, por ser biblista, esté familiarizado con el género apocalíptico y con los hombres de Dios que, como Daniel, vivieron la soledad de su fe en las cortes de reyes paganos, y se vieron expuestos por su fidelidad al fuego de los hornos y al foso de los leones, no puede dejar de percibir una cierta semejanza de situaciones entre la de ellos y la de Horacio Terra Arocena; y de notar también una cierta afinidad espiritual entre aquellas almas apocalípticas y nuestro autor.

 

Sólo me resta terminar agradeciéndoles a todos los asistentes su atención, agradeciendo su invitación a las autoridades del Club, pues ella me ha permitido saldar una deuda de gratitud con el Señor, que enriquece a nuestra Iglesia con fieles como Horacio Terra Arocena, y la deuda de gratitud con el mismo Horacio Terra Arocena, que tan generosamente quiso llamarme amigo y tanto me dejó con su breve, fugaz trato, y sus hermosos escritos, en los que nos legó a todos, decantada, la hermosura de su alma creyente. Los invito a concluir con la oración del Trisagio Angélico, que nuestro autor rezaba de pequeño cuando acompañaba a su abuelo a la Catedral y con la que quiso cerrar su obra sobre los Angeles.


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