FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)

 

“Hagan esto en memoria mía” (I Cor 11, 25)

 

Aquella noche de negra traición, en la que no sólo Judas se mezcló hipócritamente en una cena de amigos, sino que el mismo Pedro dio muestras de un amor altanero y demasiado pagado de sí mismo, en aquel momento tan solemne, donde los mismos predilectos amigos de Jesús, casi nada entendían de lo que estaba sucediendo (ver: Lc 22, 24), nuestro Salvador, superando su enorme tristeza, se conecta con su Padre y con todos los siglos  venideros, con nosotros, para dejarnos el legado de su inmenso amor, capaz de convertir la cruz en luz y la misma muerte en camino de vida sin ocaso.

En un claro gesto de despedida, declara que se va al Padre, pero, que a la vez se queda, porque adelanta su sacrificio, entregándolo a los suyos y a nosotros en el pan y vino eucarísticos. Nació así, en medio de la ingratitud más negra, la Acción de gracias por excelencia: la Eucaristía., sacramento de la presencia de Cristo misteriosa, pero real, que sólo la fe puede apreciar.

Pero, juntamente nos dejaba Jesús otro sacramento. Porque los asombrados apóstoles no solamente asistieron a la sustitución de la pascua judía por la definitiva, en Cristo, sino también a la confirmación de un mandato perentorio del Señor: “Hagan esto en memoria mía”.

Pero, ¿qué era “esto”? Nada menos que el cambio prodigiosa del pan en el cuerpo de Cristo y del vino en su sangre. Ahora bien, ¿quién puede realizar semejante  proeza, sino sólo Dios? ¿Cómo hombres comunes podrán cumplir con tal mandato, si no es porque se vieron investidos de una capacidad  que les venía de lo alto y jamás podría nacer de su pobre naturaleza humana, agravada, para más, por las limitaciones personales de cada uno?

El propio Jesús, Hijo de Dios, al dejarles como testamento esta tarea sobrehumana, los estaba dotando de aquello que por sí mismos nunca habrían podido obtener. El Señor los transformaba en sacramentos vivientes, personales de su entrega y sacrificio.

Este solo hecho da pie para innumerables reflexiones sobre nuestra fe en el sacramento del orden y las personas llamadas a vivirlo con toda su existencia.

En primer lugar: los sacerdotes han de obrar “en memoria de Cristo”, son puentes, canales y un puente no sirve para detener en él el camino de quienes lo transitan. Por eso, tanto los fieles como los ministros del altar, han de apuntar la mirada de la fe bien a lo alto. Veo a un hombre de tal o cual edad, dotado de un carácter así o asá, con sus virtudes y defectos, pero...ese hombre, al consagrar, no dice: “Esto es el cuerpo de Cristo”, sino “Esto es mi cuerpo”. Es hecho una sola cosa con el Señor glorioso del cielo, le presta sus labios y todo su ser, para que prosiga a lo largo de los siglos la obra vivificante del Evangelio. Por eso, detenernos en lo “humano” del sacerdote, sin elevar la mirada, significaría no sintonizar con la herencia que el Señor nos dejó. S. Agustín razonaba profundamente: “Bautiza Pablo, es Cristo quien bautiza; bautiza Pedro, es Cristo quien bautiza”. Si los primeros cristianos se hubieran dejado llevar de apreciaciones meramente humanas, no le habrían dejado a Pedro levantarse, después de la Ascensión del Señor, a dirigir y llevar adelante la iglesia primitiva.

Los santos así también lo vivieron. Se cuenta de S. Francisco de Asís, que no quiso ser sacerdote, porque se sentía indigno de tan grande ministerio. Esto, de pasada, es una gran advertencia para quienes, sin los niveles de santidad de tan gran amigo de Cristo, sin embargo hemos aceptado seguirlo en su sacerdocio. Alguien ha tenido que responder a la invitación, por más que sienta y sentirá siempre la desproporción, entre sus pocos méritos, muchas fallas y la sublime vocación a la que es invitado.

Volviendo a Francisco, en una de sus correrías los vecinos de un pueblo, le preguntaron cómo debían comportarse con su párroco, que llevaba una vida no muy honesta. El santo se arrodilló ante aquel sacerdote y besándole las manos exclamó: “Estas manos me dan el cuerpo y la sangre de Cristo”.

Ahí tenemos un ejemplo muy gráfico de lo que es una mirada de fe, que traspasando la cáscara, sabe dar con el meollo salvífico y misericordioso de las disposiciones divinas, llevadas a cabo por medio de la fragilidad humana.

Todo esto, evidentemente que no ha de ser una excusa, para que los sacerdotes nos comportemos de cualquier manera, pensando que de todos modos la gracia fluirá a través de nuestras acciones sagradas. Todo lo contrario. No hemos de ser cañerías de metal, que en nada se benefician del agua que transmiten, sino acequias de tierra, que se van empapando de la frescura y vida que hacen fluir para beneficio de sus hermanos.

Por eso, Pablo, bien consciente de esta grandeza  depositada en la miseria de un ser humano, describió esta situación, expresando que su ministerio era como un tesoro depositado en una vasija de barro (II Cor 4, 7). Y da la razón de esta cabal y feliz comparación: “Para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros sino de Dios”. Si las manos de estos hombres pueden distribuir estrellas (perdón de los pecados, exponer la Palabra de Dios, etc,), si mediante su servicio se forjan santos, entonces es claro que no están transmitiendo algo propio, que son solamente instrumentos. El poder es de Dios y no de ellos y lo mismo ha de suceder con la gloria: es para Dios y no para el ministro. “¿Qué es Apolo, qué es Pablo? Servidores”( I Cor 3, 5). No habiendo entonces lugar alguno a  inútiles comparaciones. «¡Qué simpático era Juan XXIII y qué distante parecía Pío XII !”. La verdad es que ”ambos”, con sus modos tan diferentes de ser, fueron vicarios de Cristo. Igual que Isaías, un hombre intrépido y valiente, disponible en el acto: “¿Aquí estoy, envíame!”

(Is 6, 8). Pero, no menos fue profeta del Señor Jeremías, que en su timidez y poquedad, respondió: “¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven” (Jer 1, 6). Perderíamos un tiempo precioso, si en vez de trabajar con tan diferentes personas, pero que han sido ungidas por Cristo, nos perdiéramos en comparaciones estériles, valiéndonos de miopes miradas humanas sin acudir al telescopio de la fe.

         La fragilidad de las vasijas se manifiesta sin duda en los pecados personales del ministro. No hace falta recordar a los que ocupan por algunos días las portadas de los diarios y revistas sensacionalistas. Están a la mano los pecados cotidianos, los tics profesionales, las impaciencias, el apego exagerado a las fórmulas, etc.

         Para vivir sanamente la vida espiritual es muy importante una percepción exacta (ni meramente ideal ni solamente prosaica ) de la figura del ministro ordenado. Porque una manera adulta de aceptar y relacionarse con los pastores es condición necesaria para superar el infantilismo (que oscila entre ”mi párroco es un capo” y “mi párroco es un inútil”), y vivir la madurez de la vocación cristiana. También es una señal de sabiduría sobrenatural: “Tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre Uds. muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios: lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes: lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios” ( I Cor 1, 26 – 28).

         Puesto que en último término es Cristo quien actúa y realiza la salvación a través del sacerdote, la indignidad de éste no impide a Cristo obrar. San Agustín lo dice con firmeza: “En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo. Sin embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega por medio de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece limpio y llega a la tierra fértil... En efecto, la virtud espiritual del sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la reciben en su pureza y, si atraviesa seres manchados, no se mancha” (In Evangeliun Johannis tractatus 5, 15).

 

Gracias a Dios, El Espíritu Santo ha suscitado en todos los tiempos, ministros que buscaban encarnar la santidad de su oficio de santificadores: mártires, predicadores, misioneros, Papas, obispos, párrocos, muchos anónimos y otros bien conocidos: Juan Crisóstomo, el santo Cura de Ars, S. Juan de Avila, S. Juan Bosco, S. Luis Orione, S. Pío X etc.

         Que la fragilidad (y hasta la fealdad ) de la ”vasija de barro” no sea motivo ni excusa para rechazar el ”tesoro” que su ministerio dispensa. Un santo sacerdote solía comparar a los ministros del Señor con el asno sobre el cual entró Jesús a Jerusalén. Era una pobre bestia, pero llevaba al Señor. Estemos alerta, entonces, no sea que rechazando al animal, desdeñemos al que está sentado sobre él.

Si nos sintiéramos mal ante obispos o sacerdotes, miremos a la Última Cena. Jesús se pasó reprendiendo a sus más íntimos asociados. No obstante, con un amor propio sólo de Dios, que no se fija en los méritos (que nadie posee), sino que crea las disposiciones necesarias allí donde no las hay, a ellos entregó lo mejor de su testamento: su presencia misma, que nos acompañaría a lo largo de los siglos, “hasta que El vuelva” ( I Cor 11 , 26)