FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)

“BENDECIRÉ AL SEÑOR EN TODO TIEMPO”

(Sal. 34, 2)

Pbro Dr. Miguel A Barriola

 

I – Extraordinarios en lo ordinario

 

Es nuestra vida una interacción entre días laborales y el de descanso, meses de trabajo y vacaciones. El mismo Dios así lo indica desde el comienzo de la Sgda. Escritura: seis días para su acción creadora y uno para el reposo. Esquema que también propone al hombre.

Sólo que, nuestra tendencia innata a valorar y gustar más de lo agradable, nos vuelve más pendientes de las jornadas de asueto, que de las laborales. Lo extraordinario copa nuestra atención. Lo común y corriente suele pasar desapercibido, desvalorizado. Algo análogo pasa con la liturgia de la Iglesia. Después de un período de grandes fiestas, solemos encaminamos hacia el ”tiempo ordinario”.

El adjetivo y sus derivados suele despertar sentimientos de monotonía, hastío ante la reiteración de lo ya conocido, hasta de repulsa, como cuando tratamos a alguien  de ”ordinario” o se califica de ”ordinariez” a palabras y acciones de baja estofa. 

Sin embargo, la raíz posee también un sentido satisfactorio, si se piensa un poco en profundidad. Pues lo habitual, lo reglamentado, sirve para que la vida humana no se vuelva un caos,  ni una continua sorpresa. Así, “de ordinario” nos alimentamos, se respetan la leyes del tránsito, trabajamos dentro de un ritmo, que no suele traer imprevistos. En fin, no es posible vivir constantemente de eventos “fuera de serie” y nuestra existencia transcurre entre el día, que inexorablemente da lugar a la noche y viceversa. La mayor parte de la vida se desenvuelve en jornadas comunes y corrientes, que preparan el descanso y la fiesta, a la vez que en las pausas de ocio y celebración se recuperan fuerzas para volver al trajín diario. Sería absurdo querer alterar este ritmo, por el mero gusto de que todo se vuelva jolgorio. De ahí el saludable consejo de Juan Pablo II: llegar a ser extraordinarios en lo ordinario

 

            II – La liturgia de las horas: escuela de lo ordinario fructífero

 

Un tesoro de la Biblia, de la Iglesia y de siglos de continua vida de oración es el Salterio. La liturgia de las horas, destinada a santificar momentos salientes de cada jornada, es, sin embargo, con lamentable frecuencia, tenida como un lastre por más de un sacerdote, religioso o religiosa. Algunos llegan a llamarla “la suegra” y es una señal de alerta la anécdota de aquellos canónigos, que, ocupados en recitar su oficio divino en la catedral, fueron sorprendidos por una tormenta estremecedora. Uno de ellos, interrumpiendo los ritos, preguntó: “¿Qué les parece si dejamos esto y nos ponemos a rezar?”

La experiencia muestra que se da aquí un aspecto importante de la vida ministerial y religiosa , siempre amenazado por el desencanto, cuando no nos vigilamos a nosotros mismos o perdemos de vista los motivos serios, en que se funda la Iglesia, para seguir manteniendo la vigencia de esta secular manera de rezar.

 

            III – Objeciones

 

Pero, si Jesús – se suele objetar- nos dejó ya una breve y enjundiosa fórmula de oración con el Padre Nuestro, ¿no nos ha de bastar? ¿Por qué acudir los Salmos? ¿No son Antiguo Testamento superado, como los holocaustos y otros sacrificios del templo antiguo?

A lo cual hay que responder desde la fe de la Iglesia en la Inspiración de la Sgda. Escritura, que cobra en el Salterio un cariz muy peculiar. Porque se trata de oraciones compuestas también por Dios mismo. Aquel, a quien se dirige la oración del hombre, es igualmente el que la inspira. Lo anterior puede parecer dificultoso, pues, hay todo un libro en la Escritura, que consta sólo de plegarias. Lo cual puede sorprendernos, ya que la Biblia es, ante todo, Palabra  que Dios nos dirige. Pero...¿no es la oración más bien  palabra humana, que cada uno eleva a Dios? Entonces, ¿cómo es posible que lo que brota del corazón  humano, descienda igualmente de Dios?

           

            IV – La ayuda del Espíritu

 

Los Salmos nos descubren que Dios no sólo nos habla, como en los anuncios proféticos, en los relatos de su intervención a favor de Israel o de su Iglesia, sino que es también la Palabra que el Señor quiere oirnos pronunciar, cuando dialogamos con ÉL.   S. Agustín, en su  bello y profundo comentario al Salterio, lo expresó egregiamente: “Para poder ser alabado convenientemente por el hombre, Dios se ha alabado a sí mismo. Puesto que Dios se ha dignado alabarse a sí mismo, en adelante el ser humano está en condiciones de alabarlo...Ha llenado a sus siervos con su Espíritu, para que estos puedan alabarlo” (Enarrationes in Psalmos, in Ps. 144 / 45). Tales plegarias son, por lo tanto, a la vez, de Dios y nuestras.

En consecuencia no hay punto de comparación con nuestros débiles e imperfectos ruegos. Como lo advertía S. Pablo: “No sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina”

(Rom 8, 26 - 27). Ahora bien, una forma privilegiada, en que el Espíritu viene en nuestra ayuda es el Salterio inspirado por ÉL mismo.

 

            V – Dilatan el alma  

 

Pero, todavía suele levantar cabeza otra duda: ”El hecho es que no me expreso a mí mismo”. Pero, justamente, con los Salmos entramos en la mejor escuela para salir del subjetivismo. Porque la oración no es monólogo, sino diálogo con Dios. De ahí que no debamos caer, inconscientemente en el autoengaño del fariseo, que comienza teniendo en cuenta a Dios: “Dios mío”, pero, para deslizarse inmediatamente hacia la exposición de sus medallas olímpicas en piedad, convirtiendo la conversación en un monólogo autocontemplativo: “Te doy gracias por que no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago la décima parte de mis entradas” (Lc 18, 11- 12).

Al sacarnos de nosotros mismos, el Salterio nos conecta con una multitud innumerable de creyentes, a lo largo del tiempo y del espacio. Nos hace participar de la oración más extendida por la tierra entera, ya que todas las Iglesias cristianas, los judíos de cualquier época adoran a Dios con ellos desde hace 2500 años. Son compendio del alma judía, vehículo de lo más puro , bello y verdadero

de todo el Antiguo Testamento. Tanto que se denomina al Salterio: “Biblia orans”.

Oigamos a André Chouraquí , sabio judío: “Un libro pequeño, 150 poemas. 150 espejos de nuestras rebeldías y de nuestras fidelidades, de nuestras agonías y de nuestras resurrecciones. Más que un libro es un ser vivo, que habla, que sufre, que gime y que muere, que resucita y canta, en el umbral de la eternidad y os toma  y os lleva, a vosotros y a los siglos de los siglos. Del principio al fin...esconde un misterio, para que las edades no dejen de volver a este canto, de purificarse en esta fuente, de interrogar cada versículo, cada palabra de la antigua oración, como si los ritmos hicieran latir el pulso de los mundos” (Les Psaumes , Paris – PUF – 1956 – 1 – 2).Son las oraciones del pueblo, al que Dios se ha revelado, para hacer de él su testigo entre todas las naciones.

           

VI – Oración de los cristianos

 

Pero, esta herencia de nuestros hermanos mayores judíos, ha sido acogida con gran cariño y cuidado por la Iglesia de Cristo, convirtiéndose asimismo en la oración escogida por todos los cristianos de todas las épocas. Desde hace más de veinte siglos, comenzando con el mismo Jesús y María, su Madre, los cristianos han rezado, valiéndose de estos cánticos espirituales.

           

A)    Los Salmos: oración  de Jesús

 

Ya entrando al mundo desde la eternidad, lo hace con el Salmo 40 / 39, 7 – 9, según el autor de Hebr 10, 5 – 7.: “Tú no has querido sacrificio ni oblación, en cambio me has dado un cuerpo”. Notemos que, donde el texto original trae: “me has dado un oído atento”, a la luz del acontecimiento definitivo, que llevó a plenitud lo anunciado en aquella oración, se explicita aquella escucha atenta, no sólo en teoría, sino en la obediencia total hasta la muerte y muerte de cruz .También hemos de reflexionar en el realce tan significativo que  adquieren así los Salmos, dado que el que ingresa en el mundo, es el ”Verbo”(Jn 1, 14), o sea, que no le faltaban los mejores modos y palabras para dirigirse a su Padre. Sin embargo, se sirve de estos arcaicos versos, para expresar su acatamiento a los planes divinos.

Cuando, desde su niñez , asciende a Jerusalén (Lc 2, 41 – 42) cada año, entona los “cantos de las subidas o peregrinación ”(Sal 118 / 119 – 133 /134) .En la Última Pascua se recuerda expresamente, que cantó el gran Hallel (Mt 26, 30: Sal 135 / 136 – 136 - 137).

Por fin, desde la cruz, sintetizando todas las angustias del pasado y del futuro, eleva el grito del Sal 21 / 22: “ Dios mío, Dios mío ¿para qué me has abandonado?”. Y, acabará su vida terrena (según Lucas), con la misma palabra con que la empezó en público: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Sal 31 / 30, 6). (Recordemos que ya a los doce años, destacó que ”debía estar en la Casa de mi Padre”: Lc 2, 49).Nuevamente observamos una transformación del texto original en labios de Jesús. El salmista, en efecto decía: “En tus manos, Señor, Dios fiel, encomiendo mi espíritu”. Ese mismo cambio indica que, en Jesús, los Salmos van adquiriendo un significado, que antes sólo era latente. Cuando ÉL los incorpora a su oración personal, no lo hace a la manera de cualquier judío de su época, sino que, al haber sido enviado por el Padre, para cumplir sus designios, los lleva a su perfección. Realiza en su vida, muerte y resurrección todo lo que el A. T., incluidos los Salmos, anunciaba de ÉL  y prefiguraba de los planes eternos del Padre: “Es necesario que se cumpla lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos” (Luc 24, 44).

 

B)     Los Salmos: oración predilecta de la Iglesia

 

Pedro, en sus primeros anuncios, después de Pentecostés, acude constantemente a los Salmos (Hech 1, 16 – 20 = Sal 69 / 68 , 26 y 109 / 108, 8; Hech 4,23- 25 = Sal 2, 1  2). Lo mismo Pablo en Rom, 3, 10 – 15.San Gregorio de Nisa, así testimoniaba: “Salterio, el libro de todos: cada uno, cualesquiera que sean su estado de ánimo o sus aflicciones, tiene sensación de que esta parte de la Escritura le ha sido dirigida personalmente por Dios” (Patrologia Griega , XLIV, 437 – 440).

San  Agustín: “¡Oh cuánto no me hicieron llorar tus himnos y cánticos, hondamente conmovido por la voz de tu Iglesia, que tan dulcemente suena en ellos” (Confesiones , IX, 6).

S. Benito, vio en el canto de los Salmos el ”Opus Dei”, la obra de Dios: “Creemos que Dios está en  todas partes...pero debemos creer esto y sin la menor vacilación, cuando asistimos a la obra de Dios” (Regla , cap. XIX).

Sto. Tomás de Aquino: “Es el Salterio el libro más utilizado por la Iglesia ...repite bajo forma de alabanza y oración, todo lo que los demás libros exponen según los modos de narración, exhortación, discusión” (In Psalmos Davidis expositio , ed. Vives, 228).

 

C)    ¿Siguen siendo “actuales”?

 

Pero... muchos se preguntan si continúan teniendo valor hoy en día. Desde nuestra fe se ha de responder afirmativamente. Nos siguen afectando, con la condición de que proclamemos, con fe convencida, que la historia de Israel es nuestra historia, porque pertenecemos al pueblo de Dios. De modo que, al retomar esos viejos poemas, se deshace nuestro individualismo, nos sentimos como llevados por un amplio movimiento de liberación y caminamos íntimamente unidos a ese pueblo de Dios.

Algunos testimonios: Svetlana Alliluyeva (hija de J. Stalin, convertida al cristianismo) : “En ninguna parte he encontrado palabras más fuertes que en los Salmos. Esta poesía ardiente purifica, fortalece, hace nacer la esperanza en los momentos difíciles. Obliga a uno a refugiarse, a condenarse y borrar mediante sus lágrimas los errores de su corazón. Es un fuego inextinguible de amor, de gratitud, de humildad y de verdad” (S. Alliluyeva, En une seule année , Paris – 1971 – 253).

El gran teólogo Y .Congar: “Salmos, mis queridos Salmos, pan cotidiano de mi esperanza, voz de mi servicio y de mi amor a Dios, alcanzad vuestra plenitud en mis labios y el corazón. Queridos Salmos, no envejecéis, sois una oración inmutable...Aceptad que os resuma en dos palabras, de las cuales la segunda se puede pronunciar de verdad, cuando se ha dicho la primera: Amén – Alleluya” (en: La Vie Spirituelle , CXXIX – 1975 - 876).

Aunque parezca extraño, volvemos al ya citado A. Chouraqui, culminando este testimonio “eclesial”, porque, viniendo de un judío, es un indicio esperanzador de ese paso, que muchos honestos hebreos están cumpliendo en nuestros días.

Me refiero a la superación de una bastante rígida “disimetría”, que se podía observar por parte de nuestros hermanos mayores. Es decir: quedaba claro para ellos y nosotros, que la fe cristiana, sin apoyo previo en la judía, no podía subsistir. Lo dejó bien claro S. Pablo: ”Tú (cristiano), que eres un olivo silvestre, fuiste injertado...haciéndote partícipe de la raíz y de la savia del olivo” (Rom  11, 17).

En cambio los judíos, afirmaban que ellos podían seguir siendo perfectamente tales, sin necesidad del cristianismo. Pero, en los últimos  tiempos hasta se ha formado un movimiento llamado: “Jews for Jesus” (= Judíos para Jesús), que se interesa vivamente por nuestro Salvador. Muchos se preguntan honradamente, cómo es que se cumple el presagio de Dios a Abraham: “En ti se bendecirán todas las naciones” (Gen 12, 3), si no es por la difusión del Evangelio. ¿Cómo se ha conocido universalmente la Biblia judía, si no por medio de los cristianos?

Con este telón de fondo, adquiere especial relieve, esta perspectiva de los Salmos en la pluma de Chouraqui.“(El libro de los Salmos) se ha insinuado en todas partes: en todos los bautizos, en todos los matrimonios, los entierros y en todas las iglesias. Está en todas las fiestas y en todos los duelos de casi todas las naciones...han sabido hablar en todas las lenguas, a todos los hombres, todos los días, para inspirar sus negaciones más altivas y sus audacias más fecundas. Y desde hace 2.000 años los conventos y los guettos se encuentran misteriosamente en esa guardia de amor para salmodiar, aquí en latín, allí en hebreo, aquí en francés, los himnos de los patriarcas de Israel” (Les Psaumes, 1 –  2). 

 

VII – Dificultades especiales

 

Con todo, una y otra vez, emergen clásicas dificultades, que llaman a la vigilancia y la constante gimnasia espiritual, para no quedar enredados en lo superficial y considerar en la debida perspectiva más de un Salmo, que puede provocar perplejidades a una sensibilidad cristiana. Nos referimos a los salmos imprecatorios o de maldición, que apelan a la venganza de Dios sobre los enemigos de la nación o los adversarios personales del salmista, son singularmente desconcertantes: (Contra los enemigos de Israel: Sal 79, 6.12; 83, 10 – 19; 129, 5- 8; 137, 7 – 9; contra los contrincantes del salmista: 5, 11; 6, 11; 7,10.16; 10, 12: 28, 4; 31, 19; 140, 9 – 12; 141, 10; 143, 12). Sobre todo el terrorífico deseo: “Bienaventurado quien tome a tus niños y los estrelle contra la piedra”( Sal 137, 7 – 9).Al respecto nunca se ha de perder de vista, que la revelación bíblica es progresiva y pedagógicamente ascendente, de lo ínfimo a lo más elevado en santidad y moral.

Así como no damos a un bebé un trozo de asado, sino que, adaptándonos a su falta de dentadura, le suministramos leche o papilla blanda, en forma análoga, Dios tuvo que abajarse al estado rudo y casi salvaje del pueblo, que se eligió para irlo educando pacientemente a lo largo de los siglos.

El “Altísimo” condesciende hasta la ínfima situación de Israel, para irlo elevando y haciéndole notar que todo en su historia se debe a pura benevolencia por parte de Dios, de modo que no atribuyera vanamente a sí mismo, lo que era fruto de la gracia. Así lo puso en claro Moisés ante todo el pueblo: “El Señor se prendó de Uds. y los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos. Al contrario, tú eres el más insignificante de todos. Pero por el amor que les tiene, y para cumplir el juramento que hizo con sus padres, el Señor los hizo salir de Egipto con mano poderosa y los libró de la esclavitud y del poder del Faraón, rey de Egipto. Reconoce, entonces, que el Señor,  tu Dios, es el verdadero Dios” (Deut 7, 7 – 9).

Así, aquello que para el cristiano es algo a superar, como la ley del talión (“Ojo por ojo, diente por diente”: Mt 5,38 – 39; Ex 21, 24), había significado, sin embargo, un gran avance en la morigeración para las  costumbres bárbaras de la primitivas tribus, que no ponían límites a la sed de venganza (repasar el feroz “Canto de Lamec: Gen 4, 23- 24). “Con relación a la vendetta ilimitada del desierto, hay allí un exigencia de mesura y una suavización de las costumbres” (P. Grelot, Pages Bibliques, Paris – 1954 - 51).

De pasada, sería oportuno meditar, si en nuestra sociedad no se estará retrocediendo hoy en día a esas ansias salvajes. “Ni olvido ni perdón”, se  lee en los muros de la ciudad. Aún en labios de padres y madres “cristianos”, a la salida de la Misa, ofrecida por sus hijos, asesinados injustamente por raptores, se oyen comentarios por este estilo: “A esos, quisiera yo verlos pudrirse en la cárcel”.

Como antídoto, recordemos  a “Donna Assunta”, la madre de Sta. María Goretti. Una humilde aldeana sin mayores “teologías”, pero bien afirmada en su catecismo. Cuando Alessandro Serenelli, que 27 años antes había asesinado cruelmente a su Hija “Mariella”, después de sus años de prisión, fue a visitarla, al preguntarle si lo perdonaba, respondió: “Si Dios te ha perdonado, cómo no voy yo a perdonarte”. Ambos asistieron a la canonización de la santa adolescente en 1950 por Pío XII.

Volviendo a nuestros “Salmos de maldición” hemos de ubicarnos en el estadio de la revelación de aquellas épocas. Todavía no conocía Israel el futuro, que les tocaba a los muertos. No tenían noción del ”más allá” y esperaban que la justicia se estableciera mientras se vivía en este mundo. Es el núcleo del drama profundo del libro de Job.

Está bien, podría replicar alguno, pero, si todo eso ha sido superado, ¿para qué, después del Evangelio, seguir usando esas tremendas fórmulas de imprecación?

La Iglesia conserva esas arcaicas quejas,  porque descubren, que se da en cada uno de nosotros una violencia latente (como estamos viendo que reaflora en estos tiempos), dispuesta  a estallar  por una buena o mala causa.

De modo excelente lo dan a entender estos lúcidos párrafos de R. Guardini: “En la historia del Antiguo Testamento  ocurrió algo que se grabó profundamente en la memoria del pueblo; más aún, que hizo la forma básica de su modo de entender la existencia; la larga emigración desde Egipto – el país en que se ha desarrollado de manera más impresionante el mito y el misterio -, a través de la soledad del desierto, guiados por la presencia personal del Dios Vivo, hasta la Tierra Prometida .Tal es la imagen de la existencia que tiene el hombre del Antiguo Testamento: está de camino.

De ese estar de camino hablan los Salmos. Por eso en ellos sale a la luz todo cuanto vive en los hombres: las alegrías, las necesidades, los miedos, las pasiones. Pero todo queda puesto ante Dios. No de modo dionisíaco. No en un asentimiento total a la existencia. No diciendo: ¡Vive; cuanto más enérgica y ardientemente, mejor! No se dice: También el odio, la cólera, la imprecación y la maldición son vida, y por tanto buenos. Sino que se dice: Así es el hombre; lleno de voluntad terrenal, lleno de hambre vital, lleno de pasión de toda especie, de odio y sed de venganza; pero permanece en Dios. Se presenta ante ÉL. Se Le muestra tal como es.

Por eso el Dios Santo está por encima de todo lo que se dice en ellos, y todo  recibe juicio de Él. Tomemos aquellos Salmos que producen más duro  escándalo: los Salmos de maldición. Comparémoslos con formas de maldición religiosa, tal como aparecen en la magia pagana, y entonces veremos la diferencia. Esas formas manifiestan la voluntad de poner mano en Dios; de obligarle, con incitación y conjuro a que realice la acción aniquiladora. Nada de eso se encuentra en los Salmos. La libertad de Dios permanece intacta. Siempre es el Señor y el Juez. Toda pasión y todo odio son puestos ante Él, y así precisamente se establece la diferencia; llega a ser una verdad; tiene lugar una liberación.

Pero podría decir alguno: Yo ya no estoy de camino. En efecto, yo soy cristiano. A éste se le responderá: ¿Lo eres realmente? ¿Te atreves a decir que has realizado el ser cristiano?

Pues ¿qué significa ser cristiano? La respuesta exhaustiva la ha dado quizá San Pablo, al decir en la Epístola a los Gálatas: «Vivo yo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”(2,20). Y entonces uno continúa así su pensamiento: “Y precisamente de ese modo es como empiezo a ser yo mismo”. ¿Ocurre eso en ti? ¿Puedes decir que has entrado en la inhabitación viva, en la santa mente de Cristo y que a partir de ahí has llegado a ser tú mismo? No se necesita más que hacer estas preguntas para saber en qué punto se está.

Lo que vive en el hombre del Antiguo Testamento, en efecto, todavía está en nosotros. No a la manera como el hombre de la época en que no estaban históricamente “cumplidas” (Juan 19, 30) las obras de la Revelación y de la Redención, sino según la manera de realización. También nosotros estamos sólo de camino hacia el ser cristianos. Bien es verdad que hemos recibido el mensaje y estamos bautizados y creemos; mejor dicho, nos esforzamos en creer; pero todo eso es sólo una emigración, abriéndose paso con luchas. También aquí ha dicho lo decisivo San Pablo, al hablar en la Epístola a los Romanos (8, 29) de que el hombre nuevo, que «reproduce la imagen del Hijo» de Dios, debe abrirse paso a través del hombre viejo, que está en rebelión y confusión; que debemos «despojarnos» del viejo, dejarlo atrás y «revestirnos» del nuevo; que debemos pasar de una situación esclavizada y corrompida , a la libertad y verdad esencial del que renace en Cristo.

Pero si alguien quiere insistir en su derecho, diciendo: Yo, sin embargo, he aprendido en la escuela de Cristo, y en mí no hay ningún odio tal como el del Salmo; entonces se podría replicar otra vez: ¿Realmente es así? ¿O es sólo porque todavía no has tenido ocasión? ¿No hay en ti las mismas disposiciones, y no despertarían si llegara la ocasión? ¿Quizás incluso peor?”.

Interrumpo la tan clarividente exposición de Guardini, para exponer una experiencia propia, que, a mi ver, confirma cuanto viene profundizando el teólogo alemán.

Por la década del “60”, me encontraba en un colectivo junto a un grupo de visitantes, dando un “tour” por Amsterdam. El joven “cicerone”, comentaba todo en inglés. Dado que por aquel entonces no manejaba yo tal lengua, pregunté en alemán (idioma más afín al holandés), si sólo se explicaba en inglés. Se vino acercando el muchacho a donde yo estaba y me preguntó: ”¿Ud. es alemán”? Al responderle que era latinoamericano, empezó a agregar explicaciones en perfecto castellano, pero eludiendo el alemán. Me aclaró, después: “No sabe Ud. el alivio que me da. Porque, tener que hablar en alemán, me habría hecho acordar de las barbaridades que los nazis cometieron con mis parientes”.

Allí, se me hizo patente la sensata advertencia de Guardini. Nos ilusionamos de que el Evangelio ha echado raíces en nosotros, pero siempre está escondido en todo ser humano el desorden dejado por el pecado de origen. Nos falta sólo  la ocasión, para que aflore.

Como se observó también, en más de una reacción de grupos o individuos de la actualidad parece estar levantando cabeza. Para reconocer nuestras flaquezas nos ayudan, pues,  estos Salmos casi desesperados, pero, para acudir a Dios, no para tomar venganza por cuenta propia. Sigamos ahora con otro sagaz reparo, planteado por Guardini.

“Una objeción fácil y que se gusta de poner contra la realidad de la Redención, dice así: ¿Entonces, el mundo no ha mejorado después de la muerte y la Resurrección de Cristo? Prescindamos, ante todo, de cuanto ha mejorado realmente por Él y por su palabra; y más aún, de cuanto se ha hecho totalmente diverso. Admitamos honradamente la pregunta: ¿Ha mejorado el mundo en su totalidad histórica? Quizá tenemos que decir que no. Quizá su situación inmediata ha empeorado incluso.

La persona de Cristo ha hecho patente la distinción entre bien y mal. Tanto el bien como el mal, han llegado a su mayoría de edad. El hombre que vive en la situación de la conciencia mítica todavía no sabe realmente de qué se trata. Todo se juega aún en una sola cosa, como las fuerzas de la Naturaleza. La diferencia entre el bien y el mal se transforma siempre en la diferencia entre lo bello y lo feo, lo noble y lo innoble, lo sano y lo enfermo. Sólo en Cristo se separan los valores y los caminos. Él es, por primera vez, el juicio.....Por eso el mal es desde entonces más terrible que nunca; patente, sabido y querido. Nunca han ocurrido en los tiempos paganos cosas como las que han pasado en estos últimos cuarenta años (N.B. Guardini escribió esto hacia fines de 1960. Tiene en vista a las dos grandes “Guerras mundiales”). Pero pertenecemos a nuestro tiempo y tenemos todos los motivos para suponer que lo terrible está también en nosotros. Se trata sólo de hasta qué punto Dios cumple el ruego: «No nos dejes caer en la tentación».

Los Salmos pueden tener una gran importancia para nosotros: A saber, que al decirlos, nos hagamos patentes a nosotros mismos: que pongamos ante Dios nuestro corazón tal como es, y no solamente como lo conocemos; también lo escondido suyo, también su oscura profundidad: que aceptemos las palabras que se dicen allí: Estoy entretejido en las ligaduras de la existencia. Pienso constantemente en lo terrenal. Odio. Deseo el mal a mi enemigo. Le aniquilaría, si estuviera en mis posibilidades...Pero, Señor, me pongo ante Ti, con todo lo que hay en mí. Tú lo has de ver. Tú lo has de juzgar y ¡ojalá me salves!

Si consideramos las cosas así, vemos entonces qué importantes son esos textos. Se puede decir tranquilamente: Cuanto más fuertemente nos choca su palabra, mayor ocasión tenemos de pensar que en ella nos hacemos patentes: que hemos de aceptarla, pues, y en ella ir hacia Dios, rezando” (“El Espíritu de los Salmos”, en su obra: Verdad y Orden , Madrid – 1960  - 138 – 143).

También puede sostenernos en la recitación de tales preces, alejadas todavía del espíritu de perdón evangélico, el considerarnos privilegiados (pero no por ser “mejores” que nuestros ancestros) por participar en la etapa definitiva y superior de  la Nueva Alianza, cayendo en la cuenta de todo el trayecto penoso y paciente, que ha desembocado en nosotros. Como escribía P. Grelot: ”Se mide por un rasgo así la distancia que separa del Evangelio a estos bárbaros salidos del desierto: ahora bien, ¡estos bárbaros son por entonces los únicos depositarios del monoteísmo! ¿No es la prueba de que no lo han inventado, sino recibido por revelación? Y la revelación continuará educándolos poco a poco” ( Pages Bibliques, 65).

Los Salmos agigantan nuestra alma, solidarizándonos  con los pobres y necesitados económica y anímicamente. Mantienen en nosotros el anhelo por la justicia contra los explotadores de todo tipo, nacionales e internacionales. Sólo que, sin asociarnos a las pretensiones de ”justicia inmediata”, sirvámonos de sus clamores, para prestar nuestra voz, que haga resonar ante Dios a las muchedumbres, que todavía hoy, siguen sufriendo la opresión sin ninguna esperanza humana. “Ellos me enfrentaron en un día nefasto, pero el Señor fue mi apoyo”(Sal 9, 19). Cosa que concuerda con :”Venga tu Reino” y las ansias expresadas por María, la Madre del Redentor: ”Desplegó la fuerza de su brazo. Dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes”(Lc 1,51 – 52).

A estas consideraciones podemos sumar las de S. Agustín: ”Con los Salmos, reza contra la maldad de tu enemigo. Que la maldad muera, pero que tu enemigo viva. Si tu enemigo muere, tú pierdes a un enemigo, pero no recuperas un amigo. Si, por el contrario, muere su maldad, te has deshecho de un enemigo y recuperas un amigo” (Enarrationes in Psalmos, Ed.Vives, 170 -175).

Con la opinión autorizada del gran especialista sobre los Salmos, R. J. Tournay,  bien podemos culminar estas consideraciones: “La Iglesia militante ha recibido de Cristo resucitado las prendas de su victoria, pero mientras espera el advenimiento del reino de Dios, debe maldecir y combatir las fuerzas infernales, a la vez que perdona a los hombres como Cristo. Recibamos los Salmos como son, porque el secreto de su longevidad y de su actualidad quizá pueda consistir precisamente en lo que a veces les queremos quitar”. (Le Psautier de Jérusalem , Paris -1986 -  Introduction).

 

 

Miguel Antonio Barriola

6/ VII / 07 – La Plata